El La carne de burro como alternativa ante la crisis

Galerías16/04/2026 Belen Cazon

El debate sobre la comercialización de carne de burro ha dejado de ser una anécdota lejana para instalarse como una posibilidad en el mercado informal ante la escalada de precios de la carne vacuna. Mientras el kilo de pulpa supera los 20.000 pesos, la aparición de ofertas que rondan los 7.500 pesos genera una fuerte seducción económica en sectores vulnerables, aunque esta opción conlleva una profunda resistencia cultural y serias advertencias sanitarias. En las calles de Orán, el vecino reconoce que, aunque el precio sea tentador, persiste una desconfianza lógica sobre la procedencia del animal y las condiciones en las que se realiza el desposte, dado que no existe un circuito legal establecido para este tipo de producto en la región.

A diferencia del ganado vacuno, que cuenta con controles bromatológicos estrictos, la carne de burro suele circular por canales clandestinos que omiten cualquier protocolo de higiene, lo que aumenta el riesgo de contraer enfermedades bacterianas. La preocupación de los consumidores locales no es menor: muchos temen que, ante la imposibilidad de pagar los cortes tradicionales, se termine consumiendo este tipo de carne de manera engañosa en productos procesados como la carne molida o embutidos. Esta situación refleja una realidad tristísima donde la brecha de precios empuja a la población a elegir entre "comer lo que se puede" o priorizar la salud, en un contexto donde el presupuesto familiar ya no permite margen de error.

La comparación con otras culturas o regiones, como el sur del país donde el consumo de carne de potro es más aceptado, choca con la tradición local y el temor a lo desconocido. Expertos en salud advierten que el consumo de animales de trabajo o de procedencia dudosa puede derivar en intoxicaciones graves debido a la alimentación del animal y la falta de cadena de frío en su comercialización. En definitiva, la posible venta de carne de burro en la zona no es vista como una elección gastronómica, sino como un síntoma directo de la crisis económica que obliga a los vecinos a replantearse qué están dispuestos a poner sobre la mesa para alimentar a sus familias.

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