Silencio y omisión: El costo invisible de no intervenir a tiempo en las aulas.

Salud31/03/2026 Belen Cazon

En una reciente e intensa charla con el Licenciado en Psicología Nicolás Ralle, se abordó la cruda realidad del acoso escolar partiendo de un hecho que conmocionó al país: lo sucedido en Santa Fe, donde un niño baleó a otro provocándole la muerte. Este acontecimiento sumamente doloroso fue el punto de partida para analizar los niveles de violencia actuales y la vulnerabilidad de los adolescentes en un contexto que parece haber sobrepasado todos los límites. Ralle fue contundente al explicar que llamar "bullying" a lo que en verdad es violencia sistemática o hostigamiento le quita peso a la gravedad del fenómeno, distanciándonos del componente humano y desgarrador que implica para quien lo padece, funcionando muchas veces como un amortiguador terminológico que nos impide ver la urgencia de intervenir antes de que estas situaciones escalen a tragedias irreparables.

Uno de los puntos más preocupantes analizados durante la entrevista fue la irrupción del "efecto catálogo" generado por la sobreestimulación de las pantallas y el consumo frenético de videos cortos, donde los chicos pasan contenidos cada dos segundos sin procesar ni analizar nada. Esta dinámica digital está derivando en una peligrosa anestesia emocional y una pérdida absoluta de la capacidad de empatía, ya que si un joven se acostumbra a descartar imágenes de forma mecánica, empieza a observar el sufrimiento de un par con esa misma frialdad. Esta observación superficial del entorno convierte a los compañeros en espectadores indiferentes que ven el conflicto ajeno como algo lejano que no requiere de sensibilidad, permitiendo que la violencia crezca en el silencio de quienes simplemente eligen no mirar.

La responsabilidad de los adultos, especialmente de aquellos que ocupan roles de autoridad en el aula, quedó bajo la lupa al detectarse que la negligencia ante estas señales de alerta es uno de los factores que más alimentan el círculo de la agresión. El Licenciado advirtió que cuando un docente o un directivo ve una situación de maltrato y decide "seguir de largo" o no tomar cartas en el asunto, el daño es doble: para la víctima, ese silencio significa que su dolor no importa, y para el agresor, funciona como una validación silenciosa que le otorga permiso para continuar. Es vital que el adulto recupere su lugar de protección y genere espacios de escucha activa para detectar patrones de alarma, como cortes en los brazos o el aislamiento social, antes de que el sentimiento de desprotección del menor se vuelva irreversible.

Se vuelve fundamental reflexionar sobre el error común de pedirle a quien sufre el acoso que aprenda a manejar la frustración o que "tenga tolerancia" para que no lo molesten más, una postura que termina por revictimizar al joven al depositar en él la carga de cambiar su reacción. Es necesario entender que quien ejerce la violencia muchas veces traslada al ámbito escolar conflictos no resueltos de su propio hogar o las tensiones económicas que atraviesan sus familias. El desafío actual para la comunidad educativa y los padres es transformar a ese grupo de espectadores pasivos en testigos activos que, al dejar de ser cómplices con su silencio o su risa, le quiten al agresor el escenario que necesita para sostener el hostigamiento, comprendiendo que la convivencia segura se construye con límites claros y presencia adulta constante.

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